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Foto: El Nacional.

La literatura venezolana tiene un hilo conductual: la situación política y social que vive el país. Es el retrato de una época, mejor o peor.  Pero, en definitiva, memoria literaria. Y es precisamente ahí donde recae todo el peso de su grandeza. Cuando a través de las páginas nos encontramos reflejados en fragmentos, en cotidianidad y en venezolaneidad.

Así, esta característica se encuentra presente en Casas Muertas de Miguel Otero Silva y específicamente en un pueblo guariqueño abandonado a la buena de Dios. En sus paisajes devastados por un sistema político represivo, en sus personajes moribundos físicamente pero con cierta esperanza latente.

Esta novela tiene pinceladas costumbristas y narra el deterioro de un pueblo llanero, de Ortiz. De sus habitantes, vivencias, experiencias y pensamiento en medio de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Es un monumento a la decadencia en medio de una situación odiada y odiosa. Pero también es esperanza cultivada con el mismo amor que Carmen Rosa le pone a su jardín, con el mismo amor que la señorita Berenice enseña en una escuela, como todo lo demás, en ruinas.

Una casa muerta, entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época desaparecida.

Miguel Otero Silva nace en Barcelona, Estado Anzoátegui y se dedicó a la política y el periodismo hasta su muerte, en la ciudad de Caracas. Silva, logra con su novela Casas Muertas que hoy sea una referencia en la literatura venezolana. No solamente por ser un registro de lo que se vivió a finales de la dictadura, sino, por la manera en la que está narrada la historia y la estructura del libro que empieza con un entierro. De Sebastián.

Y eso lleva a hablar de los personajes, cada uno tiene una carga significativa dentro del contexto, Sebastián, por ejemplo, representa los ideales de la juventud que se enfrenta a un régimen a sabiendas que una de las posibles consecuencias a sufrir es encontrarse de cara con la cárcel, con torturas, con la muerte. Pero sin embargo, no se detienen. Olegario, para mí, más que un trabajador de una tienda es un padre para Carmen Rosa, de cierta manera, un apoyo.

En este sentido, todos y cada uno de ellos convergen en el pueblo de Ortiz. Finalmente, Casas Muertas es de lectura obligada al igual que su hermana, Oficina N° 1, que tal y como lo dice el autor, ambas novelas, son una historia de “casas muertas y casas mal nacidas”.

¡Nos leemos en la próxima entrada!

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